La familia Mayora necesita una casa - Diario La Verdad de Vargas

La familia Mayora necesita una casa

Sorayda Mayora (55), conocida cariñosamente como “Marinely”, tiene 2 años viviendo en las adyacencias del preescolar José Pérez Chirinos, y de los bloques 8 y 9 de la urbanización Rómulo Gallegos, de La Soublette, en Catia la Mar.

La jefa del consejo comunal, María Mayora, considera que la vida de Sorayda es digna de una novela. Cuando estaba embarazada muere su madre, luego en la puerta de su casa fue asesinado un sobrino a quien consideraba como su hijo y una vez que da a luz sufrió depresión postparto.

Una acumuladora compulsiva

“La vida le hizo una mala jugada, creo que todos esos problemas la fueron arrojando a peldaños cada vez más bajos, hasta llegar a situaciones lamentables. Incluso, al hablar con ella uno se da cuenta de que necesita de ayuda psiquiátrica”.
En el año 2019 la vida de Sorayda tomó un nuevo rumbo, pues fue recluida para darle atención psiquiátrica, hecho que fue considerado oportuno por miembros de la comunidad. No obstante, esto duró muy poco tiempo.

“En el 2019 el gobernador García Carneiro la mandó a desalojar el lugar por la cantidad de peroles y basura que tenía. Fueron 2 camiones los que se llevaron con todas las cosas. Posteriormente, fue recluida y rehabilitada por la misión Negra Hipólita”.

Sin embargo, al salir de la misión se encontró de nuevo con la misma realidad. Anteriormente, residía en el sector de manera alquilada, pero la dueña de la vivienda decidió no renovarle más el contrato de arriendo, de allí que Mayora comienza a utilizar el espacio de una antigua central de CANTV.

“Mantuvo sus pertenencias, las cuales estaban en muy buen estado resguardadas allí, pero le mandaron a sacar todo. Desde entonces, ha estado en el lugar acumulando cachivaches de manera abismal. En ocasiones es tanta la cantidad que obstaculiza el paso de quienes van al preescolar”, aseveró María.

A orillas de aguas servidas

El equipo reporteril del Diario La Verdad de Vargas observó que la situación es aún peor, pues Soraya y su familia, la cual está integrada por su hija de 14 años y la pareja que ya tiene la adolescente.

El techo es el cielo, el cual les avisa desde muy temprano cuando amanece. Durante el día soportan los inclementes rayos del sol, y si la situación se complica aún más, se mojan durante el tiempo que dure la lluvia.

“En muchas ocasiones he sido víctima de maltrato y agresiones. La policía viene y me desordena todo, pues alegan que nosotros somos delincuentes cuando eso no es cierto. De tener un hogar no estriamos acá pasando tanta necesidad”, comentó Soraya mientras continuaba ordenando parte de su ajuar.

Su hija y yerno se encontraban durmiendo a las orillas de una torrentera de aguas servidas, y tan solo con una sabana se cubrían para descansar. “Ellos aún siguen durmiendo porque estuvieron conmigo toda la noche trabajando. Nosotros cargamos agua, limpiamos o hacemos hasta mandados para así tener un sustento”.

En el lugar es posible encontrarse con cauchos, prendas de vestir, zapatos, partes de cocinas, neveras, lavadoras, sillas, que ha recolectado Soraya. Los mismos los obtiene a través de “regalos” que le hacen algunos vecinos y otros de la basura, pues para ella “todo es necesario”.

“Sé que tengo muchas cosas, pero solo busco lo que cualquiera tiene y necesita en una casa. Muchas veces las personas nos humillan por no saber nuestra realidad. Quiero un cambio para mí y mi familia lo
más pronto posible”.

Sin tiempo que perder

La vida y la salud de la familia Mayora cada vez es más vulnerable: Necesitan la ayuda que han solicitado y no han recibido. “No pierdo la fe y la esperanza de que sí seremos ayudados con una casa. No importa si el hogar queda en Miranda, Caracas o La Costa, solo quiero tener un techo”, manifestó entre lágrimas y con la voz quebrada.

De igual forma, habitantes esperan que el Gobierno regional le brinde la ayuda médica necesaria, pues en ocasiones es posible observar la poca coherencia en su hablar, al igual que la dificultad para coordinar ideas.

Por Gabriel Hernández

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